viernes, 10 de junio de 2011

Tres meses.

Tenía una psicoanalista en los 70', kleiniana como correspondía a la época, que me dijo algo que quedó marcado en mí, como un hito: después de tres meses uno se acostumbra a todo.
Y no es verdad.
Si bien me sirvió por casi 40 años, esta catástrofe me prueba que no es verdad.
Hay hitos trágicos que nunca desaparecen y que el corazón no reconoce como límites.
Una sangra por esa herida.
Todavía no estoy preparada para dejar ir la culpa.
Cuando lo esté, probablemente, algo haré.
Iré, como corresponde, a una psicológa.
Me anotaré en clases de Tai-chi.
Recuperaré el jardín.
El dolor es más azaroso.Siento que mi voluntad no interviene en su magnitud.
Tampoco sé cuando desaparecerá esa sensación de que vas a volver, de que te fuiste como cuando estabas en el Amazonas.
Cuando dejaré de mirar cada vez que oigo la puerta abrirse.


Hoy fuimos con Fede al cementerio.
Te llevamos flores blancas, montones.
Y otro rosario.
Rezamos.
Aunque a Fede le cuesta,  va  aprendiendo el Padre Nuestro.
Se sorprendió de que estuvieras rodeada de niños.
Son tumbas alegres.Llenas de juguetes, flores de plástico, molinetes, y cartitas.
Hay un enorme y triste ciprés.
Mi hijita, necesito creer que estás bien.
Necesito creer que tu espíritu está en paz.
Y que por las noches cuando nadie los vé, salen todos ustedes a jugar.