jueves, 21 de agosto de 2008

Me han acusado de defensor del Alma. No fui yo sino Dios mismo quien la defendió


Dios, o como quieras llamar a la trascendencia, es una cuestión individual. Las religiones establecidas, permiten el anclaje de esta pulsión humana en una institución, lo que implica sumisión a los representantes. Pero el Estado, a veces, se arroga el lugar de Dios amparado en la Razón, cuando es un abuso de lo irracional en el hombre. Esto genera en el individuo una alteración, una duda íntima, ya que la pulsión de trascendencia existe en todos nosotros. Entonces aparece la sobrecompensación: el fanatismo, el cual a su vez llega a ser un poderosísimo factor de represión y exterminio de toda oposición. La opinión independiente es ahogada y se aplasta brutalmente la voz de la conciencia, entendiéndose que el fin justifica todos los medios, aun los más responsables. La razón de Estado queda exaltada a la categoría de credo, el conductor, el jefe del Estado, al rango de semidiós que está más allá del bien y el mal, y el adicto, al de héroe, mártir, apóstol y misionero. No hay más que una verdad, que es sacrosanta y está más allá de toda crítica. Todo el que piense distinto es gorila, o hereje.